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JOSÉ MARTÍN AMENABAR BEITIA, Cómo hacer de un niño un psicópata: claves psicológicas de la violencia, Biblioteca Nueva, Madrid, 2014, 224 pp. ISBN 978-84-9940-996-2.

José Martín Amenabar es profesor de psicología de la Universidad del País Vasco. Lleva un tiempo investigando sobre la violencia extrema, realizando entrevistas a criminales y estudiando casos de homicidios violentos y sanguinarios. En este libro nos vamos a encontrar las reflexiones y conclusiones a las que ha llegado sobre la conducta de los delincuentes violentos y psicópatas. Pero este hecho, aun siendo significativo, no es lo más destacado de este singular libro. El autor posee un amplio conocimiento de la psicología psicodinámica y no solo de la psicología de la personalidad, como suele ser habitual en los libros clásicos sobre psicópatas y criminales violentos. Esta circunstancia hace que aborde la conducta violenta buscando el origen de cómo se ha gestado dicha conducta en el seno de la familia, a lo largo del desarrollo del sujeto. Además, este libro va más allá planteándose el cultivo de la salud y las condiciones que debemos observar para permitir el desarrollo saludable de los niños y evitar la generación de individuos violentos. Este último aspecto lo hace especialmente original, pues aunque es habitual encontrarnos con una perspectiva descriptiva sobre la violencia, no lo es el desarrollar también un análisis preventivo y educativo.

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Amenabar parte de la idea de Freud sobre la agresividad. Considera que los seres humanos tienen un instinto agresivo que tan solo se aplaca con las normas morales y las leyes imperantes en una sociedad. Esa tendencia natural nos lleva a ser seducidos por la barbarie, la perversión y la desmesura, aunque también provoque en nosotros sentimientos de rechazo. Es decir, “los psicópatas criminales nos interrogan sobre la parte más tenebrosa y sombría del ser humano” (p. 35). Wilhelm Reich considera que si bien la agresividad es un instinto primario del ser humano, éste no se convierte en destructivo si existe un equilibrio de la energía biológica del sujeto que le permita mantener satisfechas las necesidades vitales. Es decir, si se da una tendencia antisocial en el ser humano, es que existe patología o neurosis. El autor ejemplifica esta tesis con algunos casos donde el victimario aparece como alguien que busca sentir, salir de su depresión existencial:

Vive alienado de su ser, amputado emocionalmente. Sin contacto consigo mismo ni con los otros. Se coloca de esa manera en situación prácticamente permanente de defensa, cuando no de ataque. No ve en la interacción humana una oportunidad para el encuentro y el crecimiento personal sino un campo de rivalidad y lucha para determinar quién es el superior frente al que quedaría en un plano inferior (p. 51).

El profesor Amenabar, en las entrevistas con los victimarios, se fija tanto en el lenguaje digital –lo que dicen- como en el lenguaje analógico –cómo lo dicen-. Es decir, le interesa encontrar el sentido de sus actos y acercarse a la forma de ser y de comportarse del delincuente, entender la lógica que hay detrás de las acciones aberrantes. Algunos victimarios son dominados por un sentimiento de culpa que les persigue durante mucho tiempo tras cometer un acto violento. Otros parecen no tener este sentimiento de culpa, sin embargo se descubren en ellos mecanismos para alejar la culpa. Suele ser bastante general, hasta en aquellos victimarios con una personalidad psicopática, el sentir culpa por el malestar producido a sus familiares más cercanos como la madre, la mujer o los hijos. Los criminales de características psicopáticas suelen trasladar a los demás la responsabilidad de sus actos: “la víctima se lo merecía por tal o cual cosa”. En la historia familiar de los victimarios nos encontramos situaciones traumáticas vinculadas con su forma de relación con el otro y con el mundo en general. En ocasiones nos encontramos a criminales que justifican sus actos con una forma de moral extrema, intentado desenmascarar las incorrecciones que perciben en las víctimas. Así pues, en muchas ocasiones utilizan la violencia para lograr un cambio en el mundo. No obstante, la apuesta por la violencia conduce al victimario a un callejón sin salida que tan solo agrava más sus conflictos.
Tras un crimen los seres humanos reaccionan con deseo de venganza. Si en una sociedad los ciudadanos se tomaran la justicia por su cuenta, se llegaría a una guerra de todos contra todos y la vida no estaría asegurada. La mejor respuesta social para evitar esta situación es la justicia. Si vivimos en un contexto de gran impunidad podemos tener miedo a perder el control de nuestra conducta. Por tanto necesitamos saber que no conviene delinquir, que la violencia nos va a salir cara. No vale con apelar a la conciencia moral exclusivamente, se precisa la aplicación de la justicia y el castigo para el trasgresor. Según el autor eso nos permite sentir la seguridad ante los otros y ante nosotros mismos, protegiéndonos del delincuente que habita en nuestro interior (p. 94). Ahora bien, si apostamos por una sociedad que se rija por la justicia y no por la venganza, los criminales deben ser considerados como seres humanos. “Pues cuando el Estado abandona el camino de la ley y responde a la violencia con violencia, a la barbarie con barbarie, eso no puede tener otro efecto que erosionar los cimientos de la vida en sociedad” (p. 96).
Para entender la violencia hacia el otro hay que comprender la relación dialéctica entre el sujeto y el objeto, hay que entender cómo aparece en nuestra conciencia el otro como alguien independiente y separado de nosotros mismos. Y para explicar esto el autor apela a Winnicott para quien el impulso destructivo es el que crea la exterioridad. En el desarrollo del sujeto la relación dialéctica con la madre provoca necesariamente frustración y desencuentros. La frustración genera rabia dirigida al objeto, la madre. En la medida en que la madre logre sobrevivir a la destrucción, encajando esa rabia, elaborándola –o conteniéndola como dice Bion-, el objeto se convierte en usable y, por tanto, se da un reconocimiento del otro. Si la reacción de la madre es la venganza, el tomar represalias, no permitiendo la descarga de la rabia del niño, el sujeto convierte al objeto en persecutor y queda encerrado dentro de sí mismo en su idealización narcisista. Por eso Winnicott habla de la madre suficientemente buena que atiende al niño en sus mediaciones con el mundo:

Podría afirmarse que las cotidianas frustraciones que experimenta el niño lo preparan y empujan para la conquista progresiva de la objetividad. Una objetividad que pasa por reconocer que el otro con su presencia marca un límite a aquello que no puede domeñarse ni formar parte de uno. El otro es sinónimo de la exterioridad, la alteridad, lo ajeno, lo no-yo, lo que hace tambalear la complementariedad narcisista que tanto se anhela (p. 103).

El proceso de reconocimiento del otro no es instantáneo supone un trabajo de elaboración psíquica, de duelo de las antiguas investiduras y la creación de nuevas formas de relación, de la aceptación de los desencuentros y conflictos inherentes a toda relación entre seres humanos. Al final del proceso y tras su aceptación uno puede saborear las mieles del acuerdo y la sintonía con el otro, la comunicación abierta al otro y el placer de la colaboración con reconocimiento de la alteridad. A partir de aquí entiendo que se abren dos caminos hacia la instauración de la violencia. Uno mediante lo que Freud llamaba el narcisismo de las pequeñas diferencias: las relaciones humanas, incluso entre comunidades vecinas, van creando un depósito de sentimientos hostiles, que acaban configurándose en categorías diferentes e irreconciliables, y que amenazan nuestra propia identidad. Desde esta perspectiva el otro, el enemigo, se acaba convirtiendo en válvula de escape que nos libera de nuestras propias tensiones internas. En este sentido la violencia oculta el vértigo que nos produce el vacío de identidad, señala nuestra propia herida narcisista. El segundo camino supone el encierro narcisista del sujeto pues no se ha producido el reconocimiento del otro y el sujeto sigue recluido en su idealización narcisista primitiva. Así el otro aparece como nuestra imagen especular que no toleramos, pues nos impide la perfección idealizada. El victimario que está encerrado en su mundo interno no puede digerir la presencia del otro que le saca de la completitud narcisista, entonces conecta con su odio más primitivo y arremete contra él buscando restaurar la completitud ilusoria primitiva. (p. 110).
También la relación con el padre tiene una relevancia fundamental para nuestro crecimiento saludable o para el desarrollo de conductas violentas. El padre es el trasmisor de la ley y el referente de la identidad masculina. Por tanto su figura debe ser para el hijo admirable, ya que su crecimiento significa pretender ocupar su lugar en el futuro. El padre debe permitir que el hijo pueda expresar su anhelo de desplazarlo y debe ayudarlo a que se sienta competente. El padre que se cree omnipotente, que anula o castra a su hijo (padre persecutor), impide que este se desarrolle emocionalmente y adquiera una identidad adulta. El individuo que tiene un padre perseguidor tiene altas probabilidades de convertirse en víctima o victimario. Bien buscando relaciones que le reporten castigo y humillación o bien la víctima familiar se convierte en victimario en la sociedad. En ambos casos la violencia está patente. Por tanto, resulta fundamental que las figuras parentales desempeñen adecuadamente sus funciones para que los niños puedan desarrollarse psicológicamente y adquieran una identidad estable, sin caer en la patología o en la violencia.
En muchas ocasiones se ha unido la violencia con la psicopatía, pero no todos los psicópatas son delincuentes ni todos los delincuentes psicópatas. El autor dedica un capítulo a distinguir entre las categorías más comunes de delincuentes violentos. Tanto el cine como la literatura nos han mostrado la especial disposición del psicópata para los actos violentos, por su falta de empatía y su insensibilidad para el sufrimiento ajeno. Por eso sabemos que la psicopatía constituye un factor de riesgo para la criminalidad. Son delincuentes que han creado una defensa muy férrea para ocultar su vulnerabilidad y eso les da un aspecto de insensibilidad afectiva y ausencia de sentimientos de culpa. Pero además del psicópata, podríamos hablar al menos de tres tipos de delincuentes violentos más: el delincuente neurótico que comete sus actos antisociales por tensiones neuróticas y que experimenta sentimientos de culpa a lo largo de su vida; el delincuente subcultural que nacido y crecido en ciertos lugares o grupos étnicos marginales, interiorizan las normas de actuación de su grupo que son antisociales; el delincuente delirante o esquizofrénico que siente una pérdida de contacto con la realidad y víctima de su delirio actúa en consecuencia con la sensación de haber cumplido con su deber. Cuando el psicópata se salta las normas sociales o atenta contra alguien sabe lo que está haciendo perfectamente, el delirante no, pues confunde la realidad con su delirio.
Tratando este tema resulta totalmente pertinente la distinción que realiza el autor entre el sadomasoquismo como práctica erótica y el sadismo de los actos violentos. El sadomasoquismo, tanto en su versión sádica como en la masoquista, es un juego erótico consentido donde infringir o padecer dolor es tan solo un instrumento para adentrarse en el placer. El que en dicha relación juega a ser masoquista o sádico no significa necesariamente que actúe en otros momentos de su vida como tal. Incluso los hay que actúan indistintamente de un papel u otro. Sin embargo el delincuente sádico impone sus actos de dominación y el sufrimiento infringido a la víctima es traumático y no un instrumento de placer.
Un caso particular y dramático de violencia en nuestras sociedades es la violencia machista que adquiere diferentes formas en la relación de pareja: maltrato psicológico, maltrato físico, aislamiento y abuso sexual. Hablamos de violencia machista porque generalmente la produce un hombre hacia una mujer pero también puede ocurrir de forma contraria en el interior de algunas parejas. En cualquier caso se trata de un trato vejatorio que busca anular al otro miembro de la pareja. El machismo tiene un trasfondo sociocultural arraigado en algunas sociedades y ahí es donde adquiere su sustento. Existen algunas culturas que ensalzan la condición masculina frente a la femenina. En esos casos la violencia hacia la mujer se encuentra respaldada y legitimada por la sociedad. No obstante, en las sociedades modernas e igualitarias también nos encontramos actitudes machistas. Los especialistas dicen que en esos hombres hay un gran temor subyacente hacia la mujer. W. Reich habla del carácter fálico-narcisista donde el hombre usa su pene como un instrumento de agresión y venganza hacia la mujer, al mismo tiempo que lucha contra sus tendencias homosexuales inconscientes. Horney habla de la actitud ambivalente del hombre hacia la mujer, pues debido a la configuración de la sexualidad masculina que está expuesta a demostrar su potencia viril en cada relación sexual, el hombre está más fácilmente expuesto a ser herido en su amor propio. El autor acaba concluyendo que en las modernas sociedades igualitarias se deben crear “las condiciones sociales necesarias para que todos los seres humanos, independientemente del sexo, podamos explorar y manifestar libremente tanto los componentes ‘masculinos’ como los componentes ‘femeninos’ de la personalidad” (p. 176).
El ser humano nace prematuro y precisa de un largo proceso de desarrollo y aprendizaje para alcanzar autonomía. Sin embargo después es capaz de implementar formas de existencia peculiares, que van mucho más allá de las que despliega cualquier otro animal. El desarrollo de las potencialidades de existencia humana depende del entorno ecológico dónde se desenvuelven, de la actuación de los adultos que lo rodean y de la satisfacción adecuada de las necesidades del niño. El desarrollo progresivo de las destrezas y capacidades humanas llevan su ritmo que ha de ser respetado y reconocido para conseguir los mejores resultados, en caso contrario se generará estrés, inseguridad e incluso bloqueo de determinadas capacidades. El niño necesita sentirse libre de responsabilidades para poder crecer de forma saludable y con el tiempo llegar a ser responsable de sus actos. El niño ha de aprender a dominar sus instintos, pero para que esto ocurra precisa de la comprensión y el afecto de las personas cercanas, de sus padres, quienes desde esa actitud van poniéndole los límites necesarios para incorporar el mundo y al otro:

Los trastornos y problemas psicológicos tienen su origen en gran medida en las graves y/o reiteradas faltas ambientales a que se ha visto expuesto un sujeto a lo largo de la infancia, debido a que sus padres y/o cuidadores, lejos de ayudarle a procesar la ansiedad derivada de las frustraciones inevitables, se la han incrementado o ahondado, y a veces incluso le han sometido a experiencias de carácter traumático (p. 184).

A partir de aquí el autor señala algunas medidas educativas que causan sufrimiento y perturban el desarrollo saludable del niño como son la insensibilidad ante el llanto, el uso del miedo, las prohibiciones perjudiciales o el maltrato educativo. Los modelos educativos imperantes en una sociedad no son necesariamente los mejores para el sujeto que los sufre, sabemos que ayudan a preservar el orden social pero no la salud. La forma como se adapta el niño a la sociedad en la que vive determina una estructura, que en el mejor de los casos le permite adaptarse y reproducir el modelo social en el que ha vivido. La forma peculiar como el sujeto ha incorporado las diferentes experiencias vitales en los diferentes contextos relacionales familiares o sociales condicionará la estructura psicológica de ese sujeto. Por estas razones la forma de criar a nuestros hijos (con actitudes acogedoras, amorosas, estructurantes, tolerantes, aceptando la diversidad y comprendiendo los procesos evolutivos por los que pasa el niño) es también la forma de proyectar el futuro de nuestras sociedades, de prevenir la patología y la violencia criminal.

Xavier Torró Biosca

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